Conducir durante horas, alquilar una habitación de hotel, bajar la persiana, apagar las luces y quedarse muy quieto. Imaginar que no existimos. Disfrutar con la idea de que nadie volverá a acordarse de nosotros.
Sostener una taza vacía, aún caliente, entre las manos. Sentir por un momento que si se rompiera esa taza, sería el fin del mundo. Saber que es mentira.
Recordar una tarde intensamente feliz. Por ejemplo, una conversación con un amigo. Recordar el haber querido tener un jersey del mismo color que el cielo de aquella tarde. Y aun así no desear que volviera a ocurrir, y aun así no desear volver a ver a ese amigo.
¿Reconoceríamos sólo por el aspecto a aquellas personas que, si estuviera prohibido llevar un objeto determinado en el bolsillo o pronunciar ciertas palabras en público, no notaran la diferencia entre vivir libres o sometidos?
Estar lejos de casa y probar una baya de una planta desconocida. Llegar al hotel con un dolor enorme en las tripas, notar cómo se te endurecen la lengua y los labios. Tumbarse y mirar el techo, mirar esa lámpara que cuelga del techo. Pensar que quizá sea lo último que veas.
-¿Estás ahí?
-No.
-¿Puedo preguntarte una cosa?
-No.
-Sólo una.
-Déjanos en paz.
-Entonces, ¿no estás solo?
-Déjame en paz.
-Me alegro por ti.
-Vale, muy bien.
-Te echo de menos.
-Ya.
-Siempre pensé que hablar con un muerto sería así.
-¿Así cómo?
-Como hablar con un insecto.
-Déjanos en paz.
-Un insecto con las alas de papel.
-Sí, de papel de periódico del día anterior.
-¿Puedo preguntarte una cosa?
-Déjame en paz.
Qué admirable es a pesar de todo el ser humano, esa cosa tan pequeña y transitoria, tan reiteradamente aplastada por terremotos y guerras, tan cruelmente puesta a prueba por los incendios y pestes y muertes de hijos y padres.
Ya no hablaré de mí. Hablaré de la tierra, de ecos de tinieblas: nieblas-nieblas, pero jamás del cielo. Hablaré de las piedras. Diré el dolor de la charca con agua que se siente seca.
Un día aparece y uno siente que todo terminó. Se pudo fingir hasta ese momento, pero ya no podrá hacerlo ni por un segundo más. No es una mancha que se expande. Un gas que asfixia. Es una sensación de luz cortada. De parabrisas estrellado por una piedra en el camino. No quedan huellas. Uno no sabe quién es ni dónde está.
Asedia a medianoche la desdicha reciente de soñar que has muerto. Yo te amaba y de pronto llovía contra un muro, y era el muro que sueles demoler cuando respiras.