Sólo son ramas rojas, pero hoy te has quedado un rato en mitad de la acera, mirando al cielo, pensando en Mondrian, en el instante que dejó de ser Mondriaan.
Te miro desde abajo, te muerdo las costillas, me acaricias la nuca, pero eso, me dicen, no es un poema, escribí entonces. Vivíamos en una ciudad inventada. Sólo los taxis y las despedidas eran de verdad.
Como si hubiese nevado toda la noche dentro de mi cabeza y ahora caminara hacia ti, descalza, sobre esa nieve. Qué lentos los reencuentros sobre la nieve.
Adora su trabajo y tiene un rito. Si alguien le pide "El peso de las naranjas" le hace abrir el libro por una página al azar y lee el poema a viva voz. Abro por la página 50. "¿Todavía no has renunciado a la palabra perfecta?". Hay días en que todo casa, le digo.
Creo firmemente que algunas palabras son ramas frágiles que buscan la luz. Ojalá pudiera ser luz, alguna vez, y no rama frágil. Ojalá pudiera dejarme encontrar.
Después de treinta años, volver a reírme de las mismas cosas en el mismo lugar con los mismos amigos. Volver a nadar sin miedo a ahogarme en vuestro amor de pantano.
De niña las veía crecer en un monte de nadie, cerca de la casa de mi abuela. Como ahora me detienen las piedras, entonces me detenían estas flores minúsculas. Por fin sé cómo se llaman.
Peine, pinzas, pintalabios, perfume, polaramine, protector solar, pastillero. Una piedra. Espejo, lápiz, cepillo de dientes plegable. Hasta esa pequeña y poderosa espada. Algo pasa. Lo percibo.