En un lanzamiento o regreso de una nave espacial se necesita una ventana. Hay días que todo parece sencillo, en los que todo consiste en esperar el momento oportuno para volver a sentir algo muy parecido a la ingravidez de la felicidad.
Y en viernes 13 os enviarán desde El ocaso siete gremios con sus siete abominables aparejos y abrirán siete zanjas a vuestros pies y os morderéis vuestras siete lenguas antes que maldecir a vuestros vecinos aunque la avería, como toda lógica presumía, fuera suya.
Y dije: ¿Cuántas veces has jurado que no te trajo ningún amor, que sólo seguiste la estela azul de los neones de la bahía, la H de hotel intercalada entre edificios tan blancos y la noche más negra? ¿Te acuerdas?
Ese pájaro se hace la esfinge para que no me fije en él, para poder seguir en el nido que ha construido en mi terraza. Ese pájaro ha fijado su ojo y su residencia en mí. Y yo lo dejo.
Quién podía imaginar que debajo del celeste había marfil y debajo blanco. Quién podía imaginar que bajo el poder del decapante se escondía el influjo de la luna, convirtiendo la horrible puerta del armario en la más preciosa de las mareas.
Si me preguntaran, ahora mismo, qué es ser feliz diría que pintarse las uñas de los pies con laca transparente a la orilla del mar. Mañana, ya veremos.
Cambiar armarios y puertas para que no entre humedad y frío. Cambiar pestillos para que no entre el miedo. Pero, ¿cómo evitar que entre el dolor?, ¿cómo saber por dónde se colará esta vez?